sábado, 14 de mayo de 2016

AGUSTÍN MUÑOZ SANZ



                               La calma del encinar
                               AGUSTÍN MUÑOZ SANZ

                                                             Tomás Martín Tamayo
                                                               (martintamayo.com)

Desde hace muchos años  sostengo que el túnel de Miravete viene a ser  frontera entre la calidad excelsa y la mediocridad provinciana,  aunque las dos partes del túnel estén en Extremadura. Todo queda muy limitado si cae en la parte interior, en la que, al parecer, hasta las liebres son más pequeñas. Se puede escribir una novela como “Aunque sean soberanos los empeños”, de Agustín Muñoz Sanz, y pese a su enjundia histórica, compleja arquitectura e incuestionable  calidad literaria, pasar como una sombra que se desvanece dentro del magma confuso y comercial de un mundo en el que priman intereses editoriales, que poco o nada tienen que ver con la literatura. Y no voy a señalar a los y las lumbreras literarias del momento porque lo que repugna no es el que aprovecha su situación para venderse incluso como autor, sino el zafio, mostrenco y papanatas ignorante que muerde semejante anzuelo, empujado por la televisión.

Agustín Muñoz Sanz, un extremeño, médico y escritor, que está en la élite de los epidemiólogos,  permanece en la parte del olvido del túnel de Miravete, con lo que como autor, se hace invisible incluso para sus vecinos, porque en Extremadura colgamos las medallas a los que nos señalan desde fuera, aunque se disponga de una veintena de publicaciones de calidad contrastada como “La leyenda negra”, “Diario de invierno”, “El romadizo de Colón” o “En busca de Ítaca”. Con sordina, de compromiso y casi como de relleno, se le presta algo de atención en nuestros medios, a veces, algunos, más empeñados en importar idioteces que en exportar lo mucho y bueno que tenemos en Extremadura. Aquí seguimos mirándonos de reojo e incluso para reconocer a los nuestros exigimos que nos los señalen desde fuera. El oro, el incienso y la mirra para los que previamente han sido bendecidos al otro lado del túnel.

¿Se han enterado ustedes de que en la programación  del Teatro Romano de Mérida se incluye en esta próxima edición una obra de Agustín Muñoz Sanz? De la mano de Teatrapo y dirigida por el chileno Eugenio Amaya, se representará  “Marco Aurelio”, una obra no versionada sobre uno de los emperadores más lúcidos del Imperio romano y que Muñoz Sanz ha extraído de “Patobiografía de Marco Aurelio”,  su segunda tesis doctoral. No es la primera vez que la obra de un extremeño sube al escenario emeritense, pero sí es la primera vez que la voz de Marco Aurelio llegará a las piedras milenarias.

Haciendo su camino con mucha dificultad, tragando saliva, sonriendo y manteniendo el tipo, uno de nuestros mejores escritores del momento da un paso más, desde dentro, empeñado en levantar su obra en esta parte del túnel. Vamos, que por aquí siguen correteando grandes liebres, porque el que las hace pequeñas es el ojo del idiota que no sabe verlas. Como aplaudimos lo que se aplaude fuera y despreciamos con arrogante ignorancia los valores que tenemos si son vecinos o se toman una caña a nuestro lado, puede que algún día y cuando así nos lo ordenen, aquí dentro descubramos a Agustín Muñoz Sanz para incluso ponerle una calle en Badajoz o en Valle de la Serena, su pueblo.

¿Cambiaremos? Bart Simpson dice que: “No prometo prometer lo que prometeré ahora, pero prometo prometer lo que prometeré algún día”, pero Pablo Guerrero canta que tiene que llover a cántaros. Esta semana se ha cumplido.
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