sábado, 19 de mayo de 2018

DE CAGANER A CAGANER


             La calma del encinar
            DE CAGANER A CAGANER
              
                                    Tomás Martín Tamayo
                                          tomasmartintamayo@gmail.com
                                          Blog Cuentos del Día a Día           


Rajoy está en plena crisis de parpadeos incontrolados, uiss, uisss, uissss, que nadie le moleste. Acaba de conocer el ideario separatista de un tal Quim Torra, elegido directamente por Puigdemont para que le añoremos, porque “otro vendrá que bueno te hará”, y aún no ha digerido el sopapo. Asentado en la duda, hasta la extenuación, estos juegos imaginativos del fugitivo le producen apretones de urgencia y lo confunden. Como la noche al Dinio.

 ¿Mantener el 155 con un energúmeno, investido como “molt honorable”,  que dice que “los españoles son carroñeros, víboras, hienas con una tara en el ADN…? Creo que sería un error estratégico, de parvulario, porque el designado es la mejor arma contra el separatismo. A mí me ha hecho gracia y si de verdad cree lo que dice puedo llegar a la carcajada. Yo le pondría altavoces y reeditaría sus ocurrencias en todos los idiomas de la Unión Europea, porque ese sería nuestro mejor embajador y la manera más eficaz de señalar a los propios catalanes el barril de pólvora sobre el que están sentados. Queda claro que si Puigdemont quiere poco a España, aún quiere menos a Cataluña, pero para mí mientras más “Quintorra”, mejor. ¡Viva “Quintorra”!

Ellos confían en la ira colectiva contra estas sandeces y, amparados en la displicencia con que nos miran en la EU, no bajarán de la tontuna ni con aceite hirviendo. No agradecen que Rajoy aplicara un 155 con vaselina, les dejara la TV3 a su servicio, ratificara a la mayoría de los altos cargos, soltara a Montoro para que le hiciera una peineta al juez Llarena, nombrara mayor de los mossos a otro que tal  y no recurriera ante el Constitucional por el trágala del voto delegado de los fugados. No aceptan ninguno de sus gestos y encima, ahora, le ponen a un “Quintorra”, que suena a vino peleón y  que dice que él está allí para guardarle el asiento al otro... Vamos,  como si cuando entró la Pantoja en la cárcel, los conciertos los hubiera dado Paquirrín.

Visto lo visto, Puigdemont dirige el  PDdC,  JuntsXCat, ERC y la CUP juntando en un extraño cóctel el pujolismo derechoide, ratero y burgués, con  republicanos, antisistema, anticapitalistas, anarquistas, la extrema izquierda… Un espeté de cartílagos, leche, sal, vinagre, ricino y un pellizco generoso de lo del “caganer”. Y ahora, en la cocina,  un borrico secundario, especialista en algaradas y coces, ventosidades y eructos. De caganer a caganer, mucho mejor este “Quintorra” que el huido.

¿Y Cataluña? En los planes del nuevo “honorable” no está descender a minucias y los problemas de los catalanes que lo resuelvan los catalanes, que él con servir de alfombra ya tiene bastante. Lo suyo es el lío, la confrontación, el “guerracivilismo”, el alboroto callejero…y si lo tomamos en serio ya tienen más argumentos en Alemania, Bélgica, Suiza, Escocia…

¿Y Europa? Hasta ahora mucho bla, bla, pero los prófugos siguen cachondeándose de España con el visto bueno de nuestros amigos europeos, que comenzarán a entender lo que se cuece  en España cuando el elegido se desperece. Antes desde Bélgica y ahora desde Alemania, Puigdemont escribe la ruta que ha de seguir el Gobierno español y amenaza con convocar elecciones en otoño, haciéndolas coincidir  con el juicio  contra los imputados separatistas, porque la confrontación y el victimismo son sus mejores armas, pero con el “Quintorra” se le ha ido la mano.

¿Y España? El Atlético de Madrid logró su tercera liga europea y el Real Madrid va a por su 12+1 copa de Europa. ¡Pupa!
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sábado, 12 de mayo de 2018

SIN PERDÓN


                    
             La calma del encinar
             SIN PERDÓN
  
                                         Tomás Martín Tamayo
                                                       tomasmartintamayo@gmail.com
                                                      Blog Cuentos del Día a Día


Ser independiente es una opción personal, que se toma en un momento determinado, aunque creo que los mayores defensores de la independencia somos los que no siempre hemos gozado de ella. No voy a caer en el lamento del monje que abandona el convento y oye a sus espaldas el portazo, pero nunca es tarde, ni temprano, para optar por la independencia personal, apartándote de todo gremio, asociación, club, pastoreo, redil, confesión… Es innegable, de Perogrullo, que situarte en una isla te deja aislado y desasistido del calor de la manada y si careces de “vecinos” no tienes a quien pedir perejil, pero tampoco tienes que darlo, porque al ponerte al margen y no aceptar colores, himnos y sabores, eliges a la soledad como compañera de viaje. Y, a veces, la soledad es dura y paga peaje. Un peaje permanente, porque no hay perdón para el que se atreve a pensar sin ataduras.

 Opinar con libertad, sin temor a que alguien mire de reojo, conlleva el riesgo de no contentar a nadie, porque nadie asume como suya tu opinión, nadie va a ser solidario con ella y nadie va a defender una causa que casi siempre resulta incómoda. Se sabe que la procesión va por barrios y que el independiente nunca es de nadie. “Nunca te fíes de la Guardia Civil, ni del que piensa”, proclama “El Cabrero” en un fandango. Si optas por la libertad renuncias a los beneficios del gremio y eso te deja a la intemperie. Es la indefensión, el peligro del soldado suelto, expuesto siempre a recibir la metralla de los ejércitos enfrentados. No esperes que nadie te tire una manta en caso de nevada, porque en los apriscos no existe lo que está al otro lado de la valla.

“¿Pero existe la independencia?”, me preguntaron en un instituto de Badajoz el jueves pasado. Creo que existe como ideal, pero siempre es relativa y tiene límites insalvables. Tener un criterio propio, huyendo de la contaminación y del dirigismo vertical, no significa que uno se levante al margen de sus raíces o que podamos renunciar a convicciones que mamamos con la leche materna. Una amiga dice que “la primer leche nunca se digiere” y puede que tenga razón, que ese primer calostro se enquista en nuestro estómago de por vida.

Los que carecen de independencia para ser libres o de libertad para ser independientes, son los más radicales porque muchos de ellos, casi todos, están atados por un interés que no siempre tiene que ver con las ideologías. Es su cruz. ¿Qué posibilidades tiene de manifestarse en libertad alguien que vive exclusivamente por su pertenencia a un clan? Su pensamiento puede ser libre, pero no puede ejercerlo porque vive de su “entrega” y del compromiso adquirido a cambio de la pitanza.

Me impresionó un recluso, de los mandones dentro de la prisión, que el día que lo ponían en libertad, después de doce años, me hizo una confesión para reflexionar: “Tengo miedo a la calle porque no la conozco. ¿Qué voy a cenar y dónde dormiré esta noche?”. Como él, muchos de los situados no conocen la calle ni saben cómo comer o dormir fuera del recinto, ese cordón de seguridad que los protege a cambio de la mansedumbre y el silencio. En el rebaño no hay saldo mental y la mayor rebeldía es balar “beeee”. Y pastar.





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lunes, 7 de mayo de 2018






CRÍTICA LITERARIA DEL PROFESOR ANTONIO SALGUERO CARVAJAL

(Badajoz, Carisma, 2006)

Cuentos en verde aceituna es un libro de relatos eróticos delicioso, porque es tal la delicadeza, finura, respeto y elegancia desarrollada por el autor de principio a fin del libro que en ningún momento resulta morboso y su lectura queda una placentera satisfacción emocional por haber disfrutado de unos relatos sabiamente elaborados.

Esto sucede porque el autor aborda con tono decidido una temática con la que pocos escritores se atreven pues, aunque se trata de un género narrativo aparentemente banal si se enfoca de un modo chabacano, convertirlo en literatura que no sonroje y resulte una lección de buen gusto (como es el caso de Cuentos en verde aceituna) necesita de un maestro de la narración corta como Martín Tamayo.

Así, en el ambiente erótico creado, el autor entiende que la pasión sexual ocupa una parte fundamental de la naturaleza del ser humano y que como tal se debe tratar de un modo abierto, sin falsa moral ni mojigatería. De ahí que nos encontremos con relatos deliciosamente sensuales: “Ante su insistencia abrí la boca y dejé entrar su lengua y nos perdimos en una exploración mutua. Perdí mi vergüenza inicial y sin dejar de besarla, acaricié sus pechos. Deslicé mis manos por sus piernas…” (23). En esta línea narrativa se incluyen otros relatos que son puras fantasías sexuales como el titulado “El compromiso”, donde la mujer aparece desinhibida, sin morbo, natural y disfrutando de su sexualidad hasta el punto de ser ella la que guía al hombre por los vericuetos de la sensualidad (“Me besó con sabiduría por todo el cuerpo […] otra vez me entregué y dejé hacer a aquella mujer maravillosa, que parecía conocerme mejor que yo mismo.”, 45) o “La saeta”, un relato, pura sexualidad, magistralmente engarzado con el ambiente solemne de una Semana Santa.

También podemos hallar en Cuentos en verde aceituna relatos sorprendentes como “El secuestro” por la impresión que causa la confusión final de los sicarios (“–¡Mi hijo, mamarrachos, me habéis traído a mi hijo!”, 30) o el cinismo del protagonista de “Feliz aniversario”, un putero a quien su mujer se la juega invitándolo a un sitio especial el día de su aniversario de bodas: el burdel que frecuenta asiduamente (“–¡Perpetua, te lo puedo explicar, esto no es lo que parece!”, 36).

Además hay relatos sarcásticos como “El indito de doña Asunción”, un indígena que tuvo que huir lejos de su ama porque no podía atender sus constantes requerimientos amorosos (“Doña Asunción una mala noche se puso enfermita y tuvo que quedarse con ella… Y otra, y otra y otra. Y bueno estaba con los arrebatos de las noches, pero es que últimamente también se ponía enfermita por las tardes y había días en los que hasta por las mañanas… […] Y corrió tanto que quedó atrás a las mismas sandalias de palmera”, 72) o “Verano de ayer”, en el que los deseos platónicos de un niño que despierta a la sexualidad son bruscamente cercenados por la realidad (93). O “La llamada” donde un cornudo contacta con un amigo para trasmitirle su desasosiego porque su mujer no ha llegado a casa y luego resulta que su mujer se entiende con el amigo (107)…

Otros relatos muestran la variedad de registros estilísticos que domina Martín Tamayo, pues también se pueden localizar relatos deliciosamente líricos como “El mar y el acantilado”, una inteligente personificación de la relación sensual entre ambos (“El acantilado se estremecía ante el canto armonioso de la mirada cercana [de la mar], sin atreverse a descifrar si lo que allí se insinuaba era una promesa, una oferta o un sueño”, 77) o “Retrato”, una extraordinaria descripción llena de sensualidad de una mujer  (“Tiene el torso, atlético, dos olas que no acaban de romper, ni alcanzar la playa. Dos esbozos en busca de caricias, sedientos y necesitados”, 97). O “Fugaz”, cuyo contenido es la magnífica descripción de un orgasmo con una alta dosis de sensualidad y lirismo (“Luego una respiración profunda, de estertor. Un estremecimiento volcánico…Todo su cuerpo se colma de paz. […]. Hay armonía en todo su ser”, 107). En estos relatos, además, Martín Tamayo muestra una de sus grandes cualidades de narrador de cuentos: su capacidad de síntesis pues, en los últimos citados, reduce al máximo su expresión utilizando una técnica poética con la que sugiere más que dice, intentando que actúe la imaginación del lector.

Otros relatos son emocionantes como “La despedida” (“La carta escapó como una gaviota entre sus manos y se refugió, como el sobre, en la espuma blanca. Otro golpe de viento y el hombre cayó tras la carta, tras la sentencia escrita en el papel, como un muñeco roto”, 101).

Los hay también patéticos como “A buena hora”, en el que el protagonista, cuando consigue a una mujer que desea, tiene un gatillazo (“Y ahora, ahora precisamente, cuando se perdía al volver la esquina, el penoso asunto, la chincheta, el botón de sotana, el negrillo, inició su desperezo, como si acabara de despertarse de un sueño placentero. […] Me metí en la ducha y lo castigué durante diez minutos con agua fría. A Lucía no he vuelto a verla”, 115). O “Estrategia fallida”, donde el personaje principal concibe un plan para quedar bien ante una mujer que desea saliendo él reforzado, pero los compinches hacen lo contrario (“Los tipos no cumplieron su parte y pese a que yo les había pagado generosamente por prestarse al enredo, se emplearon a fondo conmigo. Me dieron una descomunal paliza […] A ella la violaron tres veces”, 125).

Y no podía faltar una muestra de la crueldad humana como se cuenta en el relato titulado “Paso de frontera” por la depravación moral que muestran unos soldados y su mando con personas indefensas (“–¿Las enterramos, sargento? ¡Todavía están calientes y de buen ver!”, 42).

En fin, estos relatos, además, llaman la atención (no olvidemos la profesión docente del autor) como los cuentos de El conde Lucanor, pues cumplen una función didáctica con un doble mensaje: Uno que reconoce a toda persona el derecho de experimentar y disfrutar del placer sexual, medio por el que más amor directo se recibe, pues nunca en otra circunstancia somos receptores de caricias, mimos y deseos como en la relación sexual y sus prolegómenos. Y otro que advierte que enfocar mal este tema puede dar lugar a situaciones embarazosas o lamentables para las víctimas.

asalgueroc
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    sábado, 5 de mayo de 2018

    LLEGAR TARDE



                       La calma del encinar 
                       LLEGAR TARDE

                                           Tomás Martín Tamayo
                                           tomasmartintamayo@gmail.com
                                           Blog Cuentos del Día a Día

    Rajoy es como Conchita, una comadrona famosa en Badajoz porque llegaba tarde a los partos. “Es porque no me gusta molestar”, decía a modo de justificación. Ella dejaba que la naturaleza resolviera sus problemas, convencida de que el parto que llegara torcido se enderezaría solo y si no se enderezaba pues “no estaría de Dios”, que la resignación cristiana tiene mucho recorrido. Eso sí, estaba siempre a la hora de lavar a la criatura y llevársela a su madre, peinada y perfumada, para que esta visualizara su presencia y diligencia.

    La pereza o pasividad de Rajoy es “un problema singular”, como podría decir el ministro de Justicia. Él cree que los problemas se resuelven solos, lo que tal vez sería bueno para un eremita dedicado a la oración y al sacrificio, pero fatal para quien luce en sus tarjetones la leyenda de “Presidente del Gobierno”, obligado a tomar decisiones, resolver problemas y anticiparse a los conflictos. Lo suyo es llegar  siempre tarde, mirar, ponerse de perfil y dejar, como Conchita, que la naturaleza o el óxido resuelvan.  Su incapacidad para tomar decisiones   no se corrige, pero se contagia hasta el punto de que tenemos un Gobierno dedicado al maquillaje de la criatura, pero incapaz de resolver ningún problema del parto.

    Rajoy mira y parpadea, poniendo cara del que se ha tragado el palo de una fregona, pero como es indolente y relativista, impone  en el Gobierno, y en el partido, la velocidad punta del oso perezoso, en medio de la competitividad supersónica. A él nada le afecta, no se ve concernido por ningún acontecimiento y, para no complicarse la vida, se encoge de hombros y justifica corrupciones e irregularidades que le obligarían a tomar decisiones, sacándolo de su sesteo permanente. Bendijo, besucón, el “mastericidio” de Cristina Cifuentes, como antes lo había hecho con todos los casos de corrupción que están lastrando al partido, contaminando incluso a los que nada tienen que ver con prácticas corruptas.
     
     A Rajoy todo le sorprende, le sobrepasa y le puede, pero sigue siendo el timonel del Partido Popular y, lo que es más grave, el guía de un Gobierno timorato, incapaz y desperdigado. El electorado, que pasará al Partido Popular una minuta muy alta, tiene que esperar hasta las elecciones, pero ¿cómo es posible que en el PP no tengan capacidad para atajar un mal como Rajoy, convertido en picudo de palmera, que lo llevará a la ruina con la misma certeza que Zapatero arruinó al PSOE? Está comprobado que en los grandes partidos, con sus prebendas y verticalismo cegato, hay más rebaño que militancia activa y efectiva. Hasta el papa Francisco tiene más contestación en la Iglesia que los líderes de los partidos en la militancia. Rajoy no está, PP chitón en boca, Gobierno ni mu.

    Y cuando se mueven, peor. Montoro ayudando a los separatistas... La ministra de Trabajo tiene tal capacidad de convocatoria que, con una carta, logró sacar del letargo a diez millones de pensionistas, que esperan para darle el oportuno acuse de recibo, pero la doña, que parece gemela de Millán de “Martes y trece”, sin gracia,  sigue de ministra. ¿Y el ministro de Justicia, con declaraciones desquiciadas, propias de alguien que tiene “un problema singular”?. Deberían estar cesados pero la decisión es de Rajoy y eso lo obligaría a tomar decisiones. ¡Imposible, qué pereza, mejor dejar que se cesen solos! O no.

    sábado, 28 de abril de 2018

    COSAS QUE PASAN



                                COSAS QUE PASAN

                                                   Tomás Martín Tamayo
                                                           tomasmartintamayo@gmail.com
                                                          Blog Cuentos del Día a Día

    En agosto de 1965, dos jóvenes de Villanueva de la Serena, que habían estado en la feria de Quintana, volvían de madrugada en una vieja y destartalada Vespa. A la altura de La Guarda la moto comenzó a fallar, con signos evidentes de haber entrado en reserva y, a tres kilómetros de La Haba, se quedaron sin gasolina. El panorama, a  las dos de la madrugada, era sombrío porque desde que salieron de Quintana no se habían cruzado con ningún vehículo. Sabían que no había gasolinera en la Haba, pero decidieron que uno esperara junto a la moto, mientras el otro se acercaba al pueblo por si alguien podía ayudarlos. Y así lo hicieron.

    Uno comenzó a caminar, con la mirada fija en las luces que veía a lo lejos y el que se quedó, puso la moto sobre el caballete y se sentó de espaldas a la carretera, apoyándose en la parte trasera. Mientras esperaba, se durmió. Lo despertó un gemido cercano. Era el llanto, apenas audible, de un niño pequeño. Se quedó quieto, sin saber si era sueño o realidad, pero al poco el llanto volvió y con miedo y desconcierto se puso en pie, intentando penetrar en la oscuridad de la que procedía el quejido. Al otro lado de la carretera,  distinguió un bulto grande, casi oculto en un alto y espeso sembrado de avena. El llanto del niño volvía con insistencia y, con precaución, salvó la distancia, hasta situarse a la altura de donde llegaba. Había un coche volcado.

    Permaneció mirándolo varios minutos, sin acercarse, pero el llanto  volvió más nítido y decidió salvar el declive de la cuneta y aproximarse con precaución. Superando cada metro con mucho miedo, llegó hasta el coche. El llanto llegaba desde el interior, los cristales estaban rotos y una de las puertas estaba entreabierta, clavada en el suelo. Como el niño lloró de nuevo, superó su miedo y se acercó decidido.

    En el interior había tres personas arremolinadas en el techo aplastado, en quietud total, y un canasto con algo que se movía. El llanto insistió. Con precaución forzó la puerta, alargó el brazo y tocó un cuerpo pequeño, que se estremeció con el contacto. Sacó el canasto con dificultad, por el escaso ángulo que permitía la puerta y vio a un niño muy pequeño, de días, que sangraba por una brecha abierta en la cabeza. Los tres adultos seguían inmóviles.

    Con el niño en brazos volvió a la carretera, casi al mismo tiempo que un coche paraba junto a la moto. Su amigo volvía con la Guardia Civil, que había encontrado a la entrada de La Haba. Ellos se hicieron cargo de todo lo demás. Los adultos, dos hombres y una mujer, que iba con el niño en el asiento trasero, habían fallecido tres o cuatro horas antes. El niño estaba herido, aterido de frío y posiblemente de soledad y miedo, pero nada grave. Al amanecer mucha gente, el juez, el forense, ambulancias, curiosos, más guardias civiles. Unos familiares de Mérida recogieron al niño…

    Nadie prestó atención a los dos jóvenes que se habían quedado sin gasolina. Otro motorista paró, les dio combustible para poder llegar hasta Villanueva, arrancaron su moto y se fueron.

     Durante años en aquel lugar hubo tres cruces, clavadas a cinco metros de la carretera, que con frecuencia lucían una corona pequeña, trenzada con flores frescas. Seguro que fue casualidad, la moto se quedó sin gasolina, allí y a aquella hora, por casualidad. Cosas que pasan.



    sábado, 21 de abril de 2018


                           La calma del encinar
                        RISITA DE HIENA

                                                        Tomás Martín Tamayo
                                                        tomasmartintamayo@gmail.com
                                                        Blog Cuentos del Día a Día

    Tendido sobre un camastro, la nariz taponada con algodones, un bloque de hielo sobre su cuerpo, para ralentizar la descomposición.  El 15 de abril 1978 murió Saloth Sar, un absoluto desconocido si no se dice que  detrás del nombre se ocultaba Pol Pot, “el gran uno” camboyano que, al mando de los Jemeres Rojos y en solo tres años, aniquiló al 25% de la población. Ahora, veinte años después, se están estudiando en profundidad las consecuencias de su revolución y el genocidio que supuso el  “mundo nuevo” que había ideado para los camboyanos.

     Pol Pot, “risita de hiena”, el líder de los Jemeres Rojos, de inspiración maoísta, implantó en Camboya un régimen de terror que superó incluso las atrocidades de Hitler y Stalin. La sed de aquellos revolucionarios, que pretendían hacer de Camboya una cooperativa agrícola, al margen de todo progreso y civilización, no se saciaba y cuando los fusiles ardían y les quemaban las manos, con el machete continuaban la labor de exterminio sistemático de pueblos enteros. Era más fácil matar que enterrar y los cuerpos se amontonaban en piras de hasta 5.000 personas, que ardían durante días.

    Prohibieron los relaciones familiares, la religión, cerraron escuelas y universidades, vaciaron ciudades, impusieron la “procreación obligatoria”, quemaron coches, motos e incluso bicicletas, porque el ideal era el campesinado del XVIII, con carros, mulas y arados de vertedera, tirados por hombres y animales.

     El artífice principal de aquel terror, de aquel horror que la humanidad no supo o no quiso ver ni evitar -durante un periodo protegido por EE.UU-, fue Pol Pot, un ser menudo, fibroso y de mirada esquiva que, ironías del destino, murió de malaria, plácidamente sedado en su cama, después de haber degustado una generosa ración de chivo asado, su plato favorito. Los Jemeres odiaban todo lo que fuera cultura o educación y ejecutaron a muchos presuntos intelectuales a los que identificaban por llevar gafas, tenían títulos universitarios, hablaban idiomas o disponían de libros en sus casas. Curiosamente, Pol Pot usaba gafas, estudió en Francia y era un apasionado lector de novelas negras y del cine de Hollywood.     

    “Risita de hiena”, fue un ser tan enigmático y huidizo, que incluso sus hermanos ignoraban  que Pol Pot fuera Saloh Sar. Dicen que su risa producía escalofríos, hacía temblar las piernas y soltaba los esfínteres. Su risita intermitente, seguida de guiños constantes, era en sí misma una sentencia de muerte. Reía pero sus ojos permanecían fijos, fríos e inexpresivos. Jamás miraba de frente, siempre de abajo- arriba, enseñando el colmillo izquierdo, como una hiena que disputa su pitanza. Por eso, con toda simpleza, sus propios soldados lo conocían como “risita de hiena”. Por donde Pol Pot pasaba, dejaba un reguero de muerte, horca o acuchillamiento, todo ello aderezado de sutiles torturas, con las que disfrutaba mientras cenaba: “Se come mejor con gritos de fondo que con música”.


    Aquella locura de los Jemeres Rojos apenas duró tres años, tiempo suficiente para dejarnos muestra de la destilada depravación que anida en el alma de algunos seres con apariencia de humanos. Pol Pot murió sin ser juzgado, pero su máxima: “si vives no se gana nada, si mueres no se pierde nada”, escrita con fuego, todavía se conserva en algunos trozos de madera.


    Lo incineraron en su colchón, sobre una base de neumáticos y arropado con muebles viejos, pero sin que se pudiera verificar su identidad, por lo que todavía, veinte años después, algunos siguen con pesadillas, oyendo la risita de la hiena.


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    sábado, 14 de abril de 2018

    COSA NOSTRA



                                   La calma del encinar
                                   COSA NOSTRA
                                  
                                              Tomás Martín Tamayo
                                              tomasmartintamayo@gmail.com
                                              Blog Cuentos del Día a Día

    La nívea Cospedal es fría incluso cuando intenta arengar a la tropa y donde pretende poner un soplo de ilusión, le sale un cierre de filas -“lo que tenemos que hacer es defender lo nuestro y a los nuestros”- que rezuma “cosa nostra” en estado puro. Qué penosa la imagen de “todos a una”, puestos en pie y aplaudiendo la mentira y el enrocamiento en las malas artes de la Cifuentes. Malo es, por inútil, intentar que las heridas cicatricen ignorándolas o por el voluntarismo zafio de untarlas con boñigas entusiastas. En la convención “fuenteovejunesca” del PP, mejor les hubiera ido con un máster de realismo o yéndose de bares por Sevilla.
     
     El cuerpo del PP, con su gente buena, la mayoría, y sus desperdicios, muchos, está  sobrado de costurones mal cerrados y llegará a la cita de  junio de 2020 arrastrándose por su incapacidad para desprenderse de los tejidos muertos. El lastre se hará visible en las elecciones municipales, autonómicas y europeas, en las que muchos, pese a su buena gestión, se verán apartados por un electorado que, a la desesperada, busca alternativas lejos de tanto “marianismo” impasible y besucón, paraguas de todas las irregularidades. ¡Besaruinas!

    El PP sufre aluminosis y tiene la demolición anotada, como la caducidad de un yogurt. El Gobierno, átono, sin voz ni capacidad, sigue los pasos de Rajoy, a 7 km/h, superado en línea de meta incluso por unos golpistas que le están ganando el pulso en el ámbito internacional, porque sus embajadas de mentirijilla han sido más eficaces que las nuestras de relumbrón. ¿Inglaterra, Bélgica, Suecia y Alemania se han confabulado contra España? Qué disparate, creer que son los demás y no nosotros los que llevamos el paso cambiado. Si no se nos respeta es porque no merecemos respeto, porque nuestro éxito más visible es ocupar el cajón más alto de la corrupción en Europa y porque se ha hecho patente que carecemos de respuesta incluso para  las algarabías callejeras. Nos pueden los acontecimientos. Todos.

    Con semejante inacción e incapacidad, pretendiendo que los problemas se resuelvan por oxidación, no podemos extrañarnos de que desde fuera nos miren con más indiferencia que lástima y que un personajillo como Puigdemont consiga en la amiga Alemania y en el gobierno de nuestra amiga Ángela Merkel, la ministra de Justicia cuestione las razones de una euroorden del Tribunal Supremo y se alinee y aplauda  las de un tribunal regional alemán. ¿Rajoy pretende que los jueces le resuelvan los problemas políticos, el rey de la cara y que en la Unión Europea tiren los penaltis para que él se apunte el gol, mientras sigue de perfil y en plan gato de yeso? ¡Pues va listo el listo!

    ¿“Defender lo nuestro y a los nuestros”? La omnipresente Cospedal debería aclarar qué es “lo nuestro” y quienes son “los nuestros”, porque dejarlo así es meter en la coctelera del fango a todo el partido. Pero nadie en el PP levanta la voz y todos, como marionetas, se dejan meter  la mano entre los faldones, para levantarse, aplaudir, aceptar y validar cualquier tropelía que haya bendecido con un beso, otro más, el impasible caminante de los 7 km/h., como si la cita electoral no estuviera marcada y los nubarrones no amenazaran tempestades. ¿Y ahora, qué? ¿Dónde está el eco de los aplausos? J. Ruiz Taboada, en “Se te tiene que ocurrir”, dice que “Más que el reloj, algunos deberían poner su siglo en hora”. Pues eso.





    sábado, 7 de abril de 2018

    GUARDAR LAS FORMAS




                              La calma del encinar
                              GUARDAR LAS FORMAS

                                         Tomás Martín Tamayo
                                            tomasmartintamayo@gmail.com
                                            Blog Cuentos del Día a Día

    No estoy afectado por el virus de la pasión monárquica, tal vez porque muy pronto  vi el penoso peaje a pagar por la fidelidad republicana, que le costó a mi padre cárcel, ruina, penurias y persecución de por vida, pero reconozco que la apropiación impúdica que los radicales de izquierda hacen del concepto republicano me aísla, dejándome en tierra de nadie. Se necesita mucha ignorancia para asociar izquierda radical, antisistema e incluso anarquista con la república, como si en ella no pudieran citarse otros credos menos extremos y apasionados. Y hay que ser muy cenutrios para pretender excluir de un modelo de estado a todos los que no estén escorados en la regleta ideológica.

    ¿En Francia, Portugal, Grecia, Italia, Alemania…no hay alternancia política de derecha, centro e izquierda, pese a ser países republicanos? La república, como modelo de estado, permanece al margen del ideario de los partidos y en todos esos países ha habido presidentes de la república de izquierda, de centro y de derecha. En ellos se parte de la misma convicción y ninguna tendencia intenta monopolizarla, como si fuera una doctrina exclusiva de castas, pero parece que en España tienen más legitimidad republicana los del PSOE que los del PP, aunque ambos hayan gobernado complacientemente bajo la égida de un rey y ambos hubieran hecho lo propio con un presidente de la república. Pero dejemos tan primaria reflexión para otro momento y centrémonos en las formas, en guardar las formas.

    Como mi visión futurista tiene poco recorrido, puedo hablar del tiempo que la monarquía lleva en España, pero no del que le queda, aunque no seré yo el que brinde por su continuidad. Si sigue pues que nos vaya bien y si desaparece que lo que venga detrás no caiga en ciertas manos, para que no tengamos que rezar aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”. Sí sé, claro,  que ciertas actitudes no la ayudan mucho y ver a una infanta declarando delante de un juez y a su marido condenado por tropelías de preso común, baja del podio a toda la monarquía, porque roto el huevo es imposible meterlo otra vez en su cáscara.

    El rey emérito no abdicó por sentirse incapacitado, por un capricho de senectud  o por refrescar el tronco monárquico. Es aburrido recordar lo que está en la cercana memoria del “populacho”, pero las fotos con paquidermos aniquilados,  y otras compañías, parece que le obligaron a una reflexión acelerada, porque hay balas que rebotan y acaban en balas perdidas  y de destino indeterminado. Bien está lo que bien acaba y justo es reconocer que su heredero se esfuerza en soltar lastres que puedan arrastrarlo. No nos va a hacer monárquicos a los que no lo somos, aunque puede conseguir que nos encojamos de hombros, pero…
     
    ¿Y  los manotazos entre reinas por quítame allá esa foto con la princesa? Tampoco resultan ejemplarizantes porque deducir es fácil y si en público tienen ese comportamiento, no es difícil imaginar tirones de pelo en el ámbito privado. Hay imágenes, como la del rey emérito y el elefante, que quedan en la retina y el juego de manos entre reinas y princesa.... Ya he oído a monárquicos irredentos que “se comportan así porque son como todos los demás y eso da naturalidad y cercanía”, pero si son como todos los demás, tienen que serlo en todo y no solo en los desplantes. En ellos guardar las formas es el primer mandamiento. O debería serlo.

    sábado, 24 de marzo de 2018



                              La calma del encinar
                              EL CANTO DEL UIRAPURÚ

                                            Tomás Martín Tamayo
                                            tomasmartintamayo@gmail.com
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                (Para Ángel Ortiz, con el deseo de que en su nueva etapa escuche el canto del uirapurú)

    Hace años que mantengo correspondencia a la vieja usanza con Ubaldo Laino,  un maestro y poeta de Chapecó,  en Brasil. Él se considera “braspañol”,  hijo de española y padre  brasileño, ejerce la docencia en un pueblecito a orillas del Paraná, ese río que habita en mi fantasía desde que oí “Río Manso” a Cholo Aguirre: “Fue una noche correntina/ de aquellas que no se igualan/ estaba la costanera conversando con el agua. /Enero estaba fundiendo/ sobre el río su calor/y junto al perfil querido/puse mi vena de versador…
      Antonio Hernández Gil, en una de las tertulias que se organizaban durante el Segundo Congreso de Escritores Extremeños, dijo algo sobre un extraño pájaro, el uirapurú, que habita en lo más espeso de la selva amazónica, casi imposible de ver y cuyo canto lo había extasiado al oírlo en una grabadora. Yo lo conté en un artículo que publicó ABC y que llegó hasta las manos de Ubaldo Laino. Desde entonces solemos escribirnos porque los dos estamos interesados en todo lo que escapa de lo cotidiano y nos sentimos atraídos por ríos sumergidos, árboles habitados de espíritus, aves misteriosas… Conté a Laino la leyenda de La Dama Blanca del Guadiana y tuve que enviarle fotos del río, del Puente de Palmas, de la cuarta pilastra donde espera la dama…Él me cuenta y yo le cuento.
     Ahora ha estado en España y aunque no hemos podido vernos, me ha hecho llegar una cajita pequeña y sencilla. Mi dirección postal primorosamente caligrafiada en tinta lila, con una letra redondilla perfecta. Dentro de la caja una pluma pequeña, gris, con dos puntos negros, sobre una base de musgo seco que huele a selva mojada y arropada con una nota breve: “Pluma de la cola de un uirapurú sobre musgo del Paraná”. Muchos no lo entenderán y hasta confieso mis dudas al escribir estas sensaciones tan íntimas y personales, pero pocos regalos me han producido una emoción tan intensa.
    El uirapurú es un ave pequeña, huidiza y reservada, que vive en lo más frondoso de la selva amazónica. Es tan misteriosa que uirapurú significa “pájaro que no es pájaro”. Solo canta una vez al año, mientras construye su nido, y lo hace con unos trinos tan armoniosos que el resto de las aves guardan silencio para escucharlo. Dicen que el río se detiene y la hojarasca se asienta, para no importunarlo. Su canto apenas dura un minuto y nunca lo repite en el mismo sitio porque sus armónicos “son siempre de despedida”.

     ¡Claro que lo he escuchado! Internet llega también a lo más profundo de la selva amazónica y allí está recogido el canto del uirapurú, que era como Violeta Parra llamaba al poeta brasileño Thiago de Mello. Dicen que escucharlo trae suerte, que desprende los óxidos del alma y que sus plumas, muy codiciadas, son buscadas como fetiches de buenaventura.

     Todo en una cajita pequeña, Ubaldo Laino, me funde  el lecho de musgo oloroso del Paraná y una pluma suelta de uirapurú.  Casi  oigo a Cholo Aguirre y al ave misteriosa haciéndole el coro: “Mira que cabeza loca/ poner tus ojos en mí, / yo que siempre ando de paso/ no podré hacerte feliz/ “olvidame”, te lo ruego, /yo soy como el Paraná/ que sin detener su marcha/ besa la playa y se va…”


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    sábado, 17 de marzo de 2018


                      La calma del encinar
                        ¡PERDONEN, PERO NO ME ACUERDO!

                                                         Tomás Martín Tamayo
                                                          tomasmartintamayo@gmail.com
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    Hace días, conversando con Julián Leal, un periodista señero de los que hacen creer en la profesión, comentábamos lo inútil que resulta archivar los agravios de por vida porque, de alguna forma, el saber y el recordar sí ocupan lugar y el cerebro, como un disco duro, también se llena. Y si lo ocupamos con pestilencias del pasado, nimiedades y herrumbres, impedimos que se oxigene con el relente de la mañana, dejándolo como un ladrillo. Deberían las universidades organizar “cursos de verano” en los que se dieran pautas para el olvido, para resetear el cerebro y quitar lastres inútiles de la memoria, pero es más fácil programar sobre la nada para cubrir unas jornadas de lustre universitario, tras las que incluso se entregan titulillos que sirven como créditos académicos. Les regalo sugerencias para un curso útil: “Técnicas para olvidar”.

    ¿Puede alguien ayudarme a borrar de mi memoria la lista de los treinta y tres reyes godos? ¿El “Mustaphá” de Topolino Radio Orquesta? ¿La sonrisa del que me quitó quinientas pesetas, guardadas  durante años, para comprarme una bicicleta? ¿El suspenso que me dieron porque otro había copiado mi examen? ¿El no de aquella chiquilla con la que quise bailar y prefirió seguir sentada, hasta que se acercó un rubiales? Por supuesto que al que quiero olvidar es al rubiales, que además de estudiar arquitectura, tenía una moto Ducati, un reloj Citizen con alarma, una escopeta de balines… ¿Cómo olvido los vaqueros, “Blue Colorado”, sobre los que Jacinta derramó una botella de lejía? ¿Y la bofetada que me dio un tipillo porque no quise dejarle mi silla en un cine de verano? ¿El cinismo de un politicastro que usó una conversación privada para ridiculizarme públicamente? ¿Cómo me señaló la calle el dueño del bar Ramón, de Badajoz, al que habíamos ido para ver el festival de Eurovisión, porque yo no tenía para pagarme la consumición mínima, un “colacao”?

    Un amigo entrañable, al que invité días atrás a un almuerzo colectivo, se negó a asistir porque entre los comensales había uno que  “hace 40 años te echó de un jurado de narraciones por discrepancias políticas contigo”. Yo no me acordaba del suceso porque lo que a mí me tortura es la lista de los reyes godos, pero es verdad que aquello pasó y aunque pasó para mí, no pasó para mi amigo Jaime (¡como para no quererlo!), que lo lleva colgado como yo al que se llevó las quinientas pesetas de mi bicicleta. Ojalá fuéramos como el desmemoriado que acudió al médico: “Doctor, vengo porque tengo muy poca memoria/ ¿Y a qué se debe?/ ¿A qué se debe qué?”

    Se dice que es necesario recordar la historia para no repetirla, pero creo que es solo una frase para enmarcar, porque la historia se repite como los ciclos geológicos, el parpadeo, el giro de la Tierra, los días de la semana o el respirar. Recordamos pero no aprendemos, por eso a los electricistas les sigue dando calambre.

    ¿Es mejor la memoria del elefante que la del pez? Aseguran que la memoria del tiburón es de 3 a 5 segundos, lo que no les ha impedido sobrevivir y evolucionar en los últimos trecientos cincuenta millones de años, porque parece que solo olvidan lo intrascendente, que para recordar lo esencial son tan puntillosos que incluso lo anotan en su ADN.

    Un día acabaremos olvidándolo todo, aunque puede que yo siga con Ataulfo, Siguerico, Walia, Teodorato…y Don Rodrigo.

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